—Voy sacando el coche.
—Bájate algo.
—No puedo.
Marisa recogió la nevera con el postre que le había preparado su marido para «su mamá”. Ya tenía la esterilla, las toallas y los potingues para el sol. Y las chanclas, las putas chanclas para no clavarse los pedruscos de la mierda del campo. “La casita de campo”, decía su suegra. Una casucha destartalada, con balsa de riego y millones de moscas en medio de un secarral.
—Ringo. Ven —y apareció el chucho. Un perro mestizo que su marido decía “de pura raza estrit dog”.
Llegó a la salida del garaje. Dejó las cosas en el suelo. El perro empezó a ladrar ansioso.
Pasaron diez interminables minutos a pleno sol. Le llamó al móvil y oyó “… no se encuentra operativo…”. Recordó que dentro del garaje no había cobertura. Una mosca se le posó en la nariz y la espantó de un manotazo. El perro, aburrido, soltó una olorosa meada.
Tras media hora, y hasta las narices de esperar, se colgó el bolso con su toalla, ató el perro a la nevera, paró un taxi, apagó el móvil y se fue a la playa del Saler.
Manuel Serrano Funes