Un avión como medio de transporte necesario para explorar los rincones más lejanos de nuestro hogar. El cosquilleo que siento cuando las hélices empiezan a moverse, los cinturones se abrochan y los motores trabajan a pleno rendimiento. Cierro los ojos y respiro profundamente; me imagino los lugares que voy a visitar. Pasear por las calles abarrotadas de Buenos Aires con el monolito presidiendo la imagen de postal a los paseos por las cataratas junto al clima húmedo de Iguazú. Otro de los posibles destinos para disfrutar podía ser una Nueva York iluminada y llena de rascacielos, un espacio en el que la ciudad nunca descansaba, los dinners servían hamburguesas y café las veinticuatro horas del día y los neones de las obras y musicales parpadeaban, invitando al futuro espectador a entrar. De repente, abrí los ojos y me encontré solo en el avión, ya que todo el mundo parecía haber salido. Mi aventura particular en un país desconocido comenzaba, y con ella, mis ganas de escribirlo en un par de líneas.
Agustín Alabau Gómez