Bajó del vagón, miró alrededor y caminó. A la izquierda se veía una frondosa vegetación que contrastaba con la soledad que se respiraba en el ambiente. Unas nubes bajas amenazaban lluvia.
“Será mejor que busque donde pasar la noche” – pensó. Sus deseos no tardaron en ser escuchados. Unos metros más allá se alzaba una clásica casita de madera, típica de la América profunda.
Tuvo suerte de la luz de la luna. Llena, inmensa, decoraba el cielo estrellado. James no había visto nunca tantas estrellas juntas. En Nueva York, la contaminación lumínica hacía imposible observar un cielo así.
Ahora daría cualquier cosa por volver a la seguridad de su hogar.
Ante sus ojos, una joven amazona de larga cabellera negra y un enorme lobo albo danzaban uno frente a otro en círculos imaginarios.
De repente, se hizo de día. James se sintió reconfortado por la calidez del sol. El lobo y la chica ya no estaban. Tampoco la casa. En su lugar, un bosque multicolor lo cubría todo. La vegetación, ayer verde esmeralda, hoy era roja y amarilla.
Un sonido le sorprendió. Era la canción de su despertador. Abrió los ojos.
Se sentía agotado, pero no podía hacerse el remolón. Hoy tenía examen de matemáticas.
Cogió su mochila y se dirigió hacia la estación, en dirección opuesta al instituto. Su mente intentaba frenarle, hacerle volver, pero sus piernas no obedecían. Por más que intentaba escapar de su destino, sabía que aquella noche la pasaría en un remoto poblado del oeste americano.
Eduvigis Beltran Lamata