Las estrellas fulguraban en lo alto. La cornisa del cielo. Esa gran bóveda inalcanzable que, desde la orilla del mar, se veía como un tapiz al alcance de las manos y de unos ojos bien entrenados en el arte de la imaginación. Te gusta la playa. Ese amor que la arena y el agua se confiesan continuamente. Se acercan, se besan y se separan. Besos de pico. Un momento, un tímido sorbito, y se alejan. Es solo un momento, pues vuelven a tocarse enseguida. Esos besos de mar que se llevan, consigo, porciones de su amante arena. Pero te gusta en la noche. No es la playa del sol, de los tumultos, del regocijo y el griterío. No es el chapoteo, la muchedumbre ni las cremas. Es la playa mirando a la noche. Son las estrellas comiendo la sal con su brillo reflejado en las crestas del oleaje. Es un barco lejano que parece una roca arrojada por un gigante. Eres tú como paisaje, anclada en la arena.
Javier Bocadulce Carrero.