Sin el mar no puedo vivir. La necesidad por el azul a veces me asusta. Cuando llega el invierno y no puedo ir a la playa de mi almohada sale una ola que me despierta en las mañanas. Todo comenzó cuando la playa de mi pueblo, llamada Cajio, empezó a envejecer, y los habitantes de la zona poco a poco (me incluyo) fuimos perdiendo el hábito de ir los domingos en familia a la playa a comer pescado frito. Yo sé qué Cajio llora porque los niños ya no aprenden a nadar en su río, porque lo han dejado solo -prácticamente- a merced del tiempo, los temporales y los pocos botes que de vez en vez salen a pescar. Creo que Cajio sabe qué hace tiempo viví en la costa y que fui una de las tantas indias que lo amaron. Ahora vivo en el pueblo pero en las noches voy corriendo hasta el mejor lugar del mundo; corro entre la uva caleta y el fango, hasta que una ola me salpica la cara. Por más que lo he intentado los pescados… sino logran salir del sueño.
Yuray Tolentino Hevia