Todas las mañanas desayuno en el mismo bar. Montecarlo, así se llama y está en la misma esquina desde 1922. También, a trazo grueso, digamos que parece que todo en él es de esa época. Hasta su dueño, Gerardo, que a pesar de su juventud toca el bandoneón en una orquesta de tango en las noches y atiende medio turno con un aire melancólico y pausado. Amo los bares y el café, no importa el calor o el frío, por más extremos que sean. Los de Buenos Aires forman parte de esa raza de establecimientos que uno supone que se han creado como un servicio público, no como un negocio con aspiraciones lucrativas. He disfrutado de estos especiales lugares en Madrid, en Narbonne, en Oporto, Montevideo y hasta en cierto lugar de Río. Quiero suponer que hasta en los lugares más impensados debe haber aunque sea un solo bar donde refugiarse del mundo que abruma. Porque uno no va a tomar una infusión. Uno paga para pensar en un trabajo ingrato; va a encontrarse con una mujer que va a amar o que despedirá de su vida; a escuchar los terribles dolores de un amigo; a leer plácidamente y pausarse para ver esa hermosa mujer que está pasando frente a nuestra mesa. Uno va a reflexionar sobre esta vida tan hermosa y tan terrible a veces. Y son esos lugares, esos rincones, los que nos permiten soñar.
Raul Alberto Mazzeo