La esquina de Humberto Primo y Urquiza trae recuerdos de máquinas, obreros con blanco uniforme y camiones haciendo fila a la tardecita para cargar la leche de la fábrica lechera llamada “La Vascongada”.
Mis ocho años miraban con asombro, detrás del mostrador del almacén, aquella febril actividad, sobre todo a los choferes que manejaban a los gigantes de metal. Sentado sobre el guardabarros de las ruedas de metro y pico, podía sentir los miles de kilómetros por los camiones recorrido en su noble misión de llevar el alimento vital a todos los extremos del país.
Esa tarde calurosa de diciembre, yo los escuchaba como de costumbre hablar entre ellos a la distancia, sentado en el guardabarros y absorto mientras revoleaba mis piernas flacas en el aire, con tan mala suerte que rompí una de las ópticas del camión.
Mi vieja me vio tan mal que pensó que tenía fiebre e improvisó un camastro en el fondo del almacén. Yo la dejé hacer, feliz de desaparecer de escena. Cuando el dueño del averiado camión hizo su aparición, yo lo observé escondido entre las cajas de aceite.
Si decidió callar porque se apiadó a último momento, o porque nunca tuvo intención de delatarme nunca lo sabré, pero a partir de ese momento me cuidé bien de acercarme al grupo otra vez.
Hoy en día, los camiones desaparecieron con la fábrica. Pero para mí, ese rincón vasco siempre estará en mi memoria, junto a la historia de una travesura impune.
Rubén García