El santuario estaba a rebosar de gente cuando se produjo la aparición. La Virgen de Guadalupe, que había estado descansando durante casi quinientos años, había decidido darse un paseo entre los fieles. La muchedumbre presente en la basílica, junto al Tepeyac, se arrodilló y se persignó y rezó y lloró.
Todas las personas, menos una.
Juan Diego echó a correr, hacia la salida del complejo, porque ya sabía lo que vendría a continuación: ir a convencer al obispo de lo que había visto.
Y no estaba dispuesto a volver a pasar por aquello otra vez.
Que su ilustrísimo lo buscara en Youtube.
Ignacio Cortina