El viento arrancaba los árboles y los tejados de chapa de las casas. La lluvia, torrencial, caía desde el viernes por la tarde, sin interrupción. Y hoy era lunes por la noche. Parecía el diluvio universal.
La tormenta tropical se llamaba Manuel. Nacho, que se había visto atrapado sin quererlo en aquel lugar del estado de Guerrero, en la costa del Pacífico de México, comenzaba a sentirse intranquilo. La parte baja de Tecpan de Galeana, una población a medio camino entre Acapulco y Zihuatanejo, se había inundado: el agua ya se encontraba a solo diez metros de la entrada del hotel. En algunas calles, el nivel superaba los tres metros.
Pero al fin, a medianoche, dejó de llover y Manuel se fue igual de rápido que había llegado.
No había electricidad. No había teléfono. No había agua corriente.
A la mañana siguiente, Nacho salió a la plaza del pueblo para ver el resultado del desastre. El agua aún corría por las calles. Pensaba que la gente estaría refugiada en sus casas, evaluando los daños, pero se equivocó. Sí, había sido una desgracia, pero no el fin del mundo.
Unos mariachis, que iban camino de Ciudad de México y se habían quedado varados allí, desenfundaron sus brillantes trompetas y guitarras y comenzaron a tocar. Alguien sacó un par de cajas de Corona y comenzó a repartir botellas entre los presentes. Mientras hubiera música y cerveza, las penas eran menos. Nacho aceptó una y también bebió.
Ignacio Cortina