
El sonido de sus tacones todavía retumbaban en mi cabeza cuando subí al avión.
Esa misma mañana, mientras me acompañaba al mostrador número 57, de vuelos internacionales, no dejaba de preguntarme qué hacía allí, en aquel aeropuerto, en aquel país. La respuesta era bien sencilla, a la par que inquietante: Estaba viviendo una vida prestada. No reconocía el idioma de aquellas gentes, su cultura, los olores, ni todo lo que me rodeaba.
Mientras avanzaba por el finger, mandé que detuvieran mi silla de ruedas, y le dije a la auxiliar que diera media vuelta. Por fin conseguí recordar, por un instante, a la chica de los tacones: era Elba, la mujer con la que me había casado hace poco más de sesenta y cinco años, en la humilde ermita de Nuestra Señora de Guadalupe.
Levantó la mano con ademán de despedida, y con la esperanza de que algún gesto saliera de mi cuerpo. Respondí al saludo como quien despide a un desconocido. De su rostro envejecido brotó una lágrima. Seguimos avanzando y me acomodaron en el asiento.
Sergio Carmona Gómez