Era 2 de Noviembre, el cielo estaba gris en Oporto, anunciaba una inminente lluvia. Diego miraba hacia el Río Duero, inmenso allí en su desembocadura, lo contrario a como lo veía en Urbión en los veranos de su infancia, donde jugaba a saltar de orilla a orilla. Desde aquel rincón divisaba Vila Nova de Gaia, donde estaban las bodegas. Miraba hacia el puente y hacia los barcos que navegaban, y su amigo Pablo hacía lo mismo. Sacó la cámara de fotos que llevaba en un bolsillo del anorak, quería inmortalizar todo lo que desde ese rincón podía vislumbrar.
En un paraje tan pintoresco, encontrándose tan contento, y donde había perdido la noción del tiempo, su mente evocó a Laura, a quien no olvidaba pese a los años, ni pese a la distancia, y acto seguido con la tablet se puso a escribir una carta a ella dirigida, otra que no enviaría. Empezó a llover, y estaba caminando por estrechas calles empedradas; Sonreía, sin que la lluvia le molestara lo más mínimo. Llevaba tiempo bloqueado, falto de motivación e inspiración, y en Oporto encontró argumento para escribir una novela.
Enrique Benito Peñalva.