Solo hay que cruzar el Atlántico, de este a oeste, y se reproduce la magia: Los alcornoques y los castaños de España se naturalizan como especies de iguales nombres castizos pero diferentes entidades formales; el tejón y el zorro peninsulares encuentran sus primos y descubren que los conquistadores los bautizaron iguales para combatir con ellos las añoranzas de su tierra. Los pueblos y ciudades se repiten en ambas orillas, y también los gentilicios, los nombres de valles y ríos, de montes y montañas, los ritmos del flamenco, los colores de los vestidos, y los tonos y acentos de la calle.
Aquí es donde los hermanos Tomasa y Cleto Domínguez, hermanos ellos, decidieron afincarse, y donde encontraron cada uno sus medias naranjas. Tomasa casó con Felipe Díaz, y Cleto con Florinda Sánchez, y cada pareja tuvo siete y ocho hijos, respectivamente, multiplicándose luego en decenas de nietos, y centenares de bisnietos y rebisnietos, poblando y desencantando la América como habían hecho los que otrora llegaron con armadura, barba y espada.
Hoy, cuando los tiempos se miden en microsegundos, ajenos a los años de travesías en barcos y a los meses de andar a caballo, los descendientes de los hermanos Tomasa y Cleto surcan las nubes cuando quieren, y en pocas horas están con sus cuerpos en Granada, y en fracciones de segundo trasladan su dimensión virtual hasta la misma Alhambra.
Desde su rincón andaluz en el cielo, Tomasa y Cleto no pueden creer lo lejos que llegaron…
Adolfo Moreno