La primera vez fue a los diecisiete, luego de un terrible suceso familiar. Andaba con el alma rota, cuando descubrí el refugio. Estaba ahí, frente a mí, y no había reparado en ello. Quizás al ser tan evidente era tan escondido. La carta de Don Poe. Lo cierto es que le pedí a mi mujer, una chiquilla como yo, que abriera las piernas y me permita acurrucarme entre ellas. Apoyé mi cabeza sobre su pubis, me puse en posición fetal amarrado a una de sus piernas y ahí me quedé, mientras ella me acariciaba dulcemente la cabeza. Inmediatamente me invadió una sensación nueva y desconocida, que luego descubrí que era la paz de estar a resguardo en el lugar más bello posible en este mundo.
La vida me ha dado golpes, calculo que como a todos. Muchos se refugian en el alcohol, otros en la violencia; algunos se anestesian con drogas. No abro juicios, cada uno remonta esta cuesta como puede. Yo elegí el valle de mi mujer, el triángulo perfecto. Cálido y seguro. Donde he podido llorar, maldecir, pero también soñar. Ella ha cambiado de nombres con los años. También el color de su cabello, su profesión, el tono de su voz y hasta su color de ojos. Pero es mi mujer, la que me espera cuando vuelvo lastimado a curarme las heridas con el simple gesto de acostarme entre sus piernas y acariciar mi cabeza.
Raul Alberto Mazzeo