Cuando se ausentaba de casa, él subía raudo al dormitorio para disfrutar de su rincón favorito del mundo: el armario de su madre. Le fascinaba disfrazarse de ella. Con el tiempo, su técnica era tan depurada que se atrevió a probarla con el cartero, los vecinos, la compra…
– Verá, desde hace tiempo me ocurren cosas extrañas. Los vecinos me dicen que han hablado conmigo, pero yo no me acuerdo. Y el otro día, desde la oficina, me pareció verme a mí misma andando por la calle…
Salió del psicólogo con deberes para la semana que viene. Como si los del instituto no fueran suficientes.
Nacho Delgado Wicke