Ellas eran cuatro jóvenes campesinas, hermosas, dignas, trabajadoras como cualquier hombre, y semianalfabetas. La amargada madre las golpeaba por cualquier motivo o sin razón, según su infinita frustración y para colmo viuda.
Todas le tenían una veneración enfermiza. Pero, Ana fue la que más violencia recibió; por vivaracha, rebelarse al maltrato y ojos vidriosos ante algún mercader apuesto. Huía y se dejaba ver en los recodos; por eso sabía de besos, de músculos y barbas que arañaban su vientre. A las hermanas se le alborotaban las hormonas con sus hazañas. Eso sí, repletas de miedo realizaban tentativas en sus propios cuerpos o entre ellas.
Una tarde la madre furiosa siguió a Ana. La regresó a puñetazos. Dicen que hasta le mordió la cara. La riña continuó próximas al pozo. Fue la madre quien resbaló con un pedrusco y calló en este. Horrorizada pedía socorro desde el fondo. Las otras salieron guardarraya arriba por no oír los gritos del ajusticiamiento. Ana lo tapó con cines y troncos.
Por la noche, el silencio de las montañas cubrió la finca. Ni los insectos y voladores nocturnos dijeron. Ana se veía extraña. Al amanecer, una de ellas fue a caballo, por el camino serpenteante y avisó del accidente. Luego de enterrarla, Ana de vistió de rojo. Se fue al pueblo; cosa que nunca había hecho sola. Creyendo los que la vieron, sin reconocerla, que había tenido una noche de amor traumática.
Alina Moreno Rodríguez