Muchas cámaras de mi ciudad cumplen la función, exclusiva, de vigilar a esta especie (Columbidae), que, por su número y constancia, le compiten -junto con las cucarachas- la ciudadanía a los humanos. Esta ave parece siempre a la espera de algo. Se dice que acumulan, con la paciencia que brinda el vivir en el aire, conocimientos exactos de las debilidades humanas. Saben, por observación ventanal, los motivos de las riñas y los llantos; también pueden, casi de memoria, saber a qué ritmo caminamos sobre piernas o llantas. Este conocimiento las hace peligrosas. No sé qué tanta efectividad podrán tener las cámaras palomeras, ya que su presencia y funcionamiento muy bien las deben conocer las susodichas palomas; pero, aun así, calma la sensación de vértigo saber que vigilamos a las que nos vigilan.
Melissa Cobo Campo