Los labios del creador posados sobre la verde naturaleza formando un diamante celeste con el corazón turquesa, encuadrados con riscos salvajes y ramajes marcados por el paso del tiempo; corrí con el corazón acelerado, volando por el aire para acabar sumergiendo mi cuerpo en la helada agua del color del cielo. Espejo del firmamento son sus aguas cuando se encuentran en completa calma, sin embargo, mientras sus aguas me arropaban estrepitosamente, mi ser desbordado de lujuria, temor y adrenalina, movía con firmeza las extremidades para alcanzar un sorbo de aire fresco.
Gritos y palabras de aliento eran lo que mis oídos llegaban a escuchar, mientras ubicaba una ruta para llegar a tierra firme, ¡Bien hecho mi amor!, escuché cuando dirigí mis brazadas hacia una improvisada escalinata entre las piedras. Cuando salía de aquel hermoso paraíso mis amigos alegres celebraban que tuve el coraje para lanzarme al azul abismo. ¡Me debes!, dije entre sonrisas, mientras encaminaba mis pasos hacía aquel hombre que me miraba sonrojado, me abrazó muy fuerte y nuestros labios se fundieron, estaba seguro de que no podría hacerlo; pero dejé muy claro que las mujeres también somos valientes. Colocó la toalla sobre mí cuerpo, pero la verdad aún no estaba lista para despedirme de aquel pedazo de cielo, así que tomando su mano corrimos a fundirnos con el agua.
Los Cenotes de la Candelaria son un trozo del paraíso colocado en el suelo, deslumbra a propios y extraños y los invita a nadar en sus aguas. Prometimos volver.
Liliana Ortíz