El tiempo se ha ido en un suspiro. Infancia y juventud se perdieron en obligaciones de estado. Aprender lo que exigía rango y abolengo. Leer. Escribir. Interpretar alguna melodía. Qué hacer. Cómo expresarme. Palabras y gestos requeridos así fuera el lugar y la ocasión.
El mundo me era presentado por embajadores, cortesanos, sirvientes y damas de compañía. Los reyes, mis padres, ocupados en altos menesteres, supervisaron el aprendizaje. Labor encomendada por la gracia de Dios para mayor gloria de su nombre. El futuro del país recaía en un matrimonio concertado que sellase la inquebrantable alianza de los gobiernos.
Cumplidos los veintidós años. España era el reino más poderoso de la cristiandad y fui desposada con Carlos, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Evoco rincones de esculturas, arcos, verde, agua. Aquel encontrarnos cuerpo y alma en jardines, patios y estancias de la Alhambra. Conocí el amor en los brazos de este desconocido al que me unían lazos de parentesco.
Hemos compartido lecho, decisiones, penas, alegrías. Él, empeñó su afecto en ordenar la construcción del palacio real. Una morada que, no contemplaré en todo su esplendor. ¡Tan cerca de los hermosos edificios nazaríes !
El sol no se pone en el Imperio pero, el ocaso me llega. Granada ha sido refugio y sosiego del alma. Perdura en mi corazón y, a ella, regreso. Mi cuerpo descansará en la Catedral. No concibo lugar más hermoso que esta ciudad, para permanecer por toda la eternidad.
Ana Isabel Velasco Ortiz