Gustavo se daba el descanso necesario para espantar sus dolencias y, en especial, esas pesadillas que lo tenían padeciendo insomnio. Sumergido en el quieto azul, notó como una ola fantasma traía consigo algo que le resulto familiar. Era su viejo colchón, aquel que tiró a la quebrada La Iguaná cuando compró uno ortopédico. Recordó las palabras después de lanzarlo, Nadie me vio y da igual, no pasa nada.
Trató de salir del agua, pero la ola fue muy rápida y lo embistió con vehemencia contra la playa. Allí quedó, durmiendo plácida y eternamente.
Edison Ortiz Toro