El malecón queda demasiado lejos, a cientos de kilómetros. Aquí el aire es distinto, a veces más cargado de sal, tanto que el suelo parece alfombrado en algunos lugares de sodio o de odio, lo mismo da. Mi papá me bautizó Pedro Agustín y siempre dice que le encanta vivir en Guantánamo porque es la raíz básica de ésta zarpa que flota por el Caribe. A mi papá le encanta la geografía y a mí sobre todo observar, sentir, oler, saborear. Guantánamo sabe a fusil, a mueble viejo, a sensaciones olvidadas y pintadas de ámbar. Mi mamá suele quejarse de que soy muy taíno, a veces amistoso, pero casi siempre rebelde. Me gusta leer viejas historias de cuando los que vivieron antes que nosotros, se esforzaban por bajar el café de las montañas, por azucarar la vida de los demás hasta que un día decidieron ser libres y no aceptar la confianza engañosa de quienes solo querían someterles. A mí nunca podrán someterme, yo viajo con mi imaginación. Desde el Parque 24 de Febrero vuelo sobre Los Cocos, El Norte, Loma del Chivo y me fundo con el viento, con el mar, porque los hombres de buena fe, inevitablemente venceremos.
José Luis López García