Lo que le hizo tomar la decisión de no volver no fue el olvido al que te encomiendas cuando no hay más que recuerdos que huelen a viejo. Tan solo supo que no quería regresar a aquella ciudad que la miraba con otros ojos. De lo que tampoco se percató Isabel es de que aquellas calles ya sólo significaban coordenadas en su memoria de un mundo del que ya no formaba parte. Y para los recuerdos que aún le laceraban, se había marcado un plan con fecha de vencimiento. Isabel lo tenía escrito, aunque lo visualizaba cada mañana, justo cuando empezaba a cosquillearle la nostalgia sobre la sien. “Venga, Isa, es hora de poner el contador a cero y de que comiences una nueva vida” le decía su amiga Ana. Si ella supiera que tenía hasta trazado un programa para la amnesia selectiva: Borrar recuerdos que empiezan como un hormigueo y terminan clavando un aliento que sopla cálido y frío y es lejano e instantáneo a la vez. Ese era el objetivo que Isabel se había marcado con plazos, como quien tiene el tiempo de su lado pese a ir contrarreloj. El primer quebrantamiento tardó una semana. Un recuerdo le bisbiseó un oído al compás de una melodía demasiado dolorosa. Se dijo que era un pasaje que se podía permitir mientras paseaba por aquel rincón bañado por el Mediterráneo, dispuesta a mirarle con el deseo de una memoria por empezar.
Gurutze Irisarri