—Coloca el estandarte bajo aquel cocotero.
Esas fueron las palabras del capitán al abrirse las puertas de la nave y entregarme la bandera. Yo salté rápido a la playa, no podía creerlo. Muchos por primera vez respiraban ese maravilloso aroma de costa, con su tremenda variedad de olores. Y también muchos pisaban, por primera vez, una arena tan deliciosa.
Cuando me avisaron que debía ir con la expedición no quise creerlo. Tantos científicos y estudiosos rescatados del planeta y me escogían a mí, ¿por qué?
Cientos de naves lograron alejarse de la tierra mientras titilaban y se hacían más pequeñas miles de luces devastadoras: volcanes escupiendo lava, bosques resistiendo llamas, ciudades auto calcinándose. El planeta muriendo.
Nos acogieron en otro mundo, más inteligente. Nos hibernaron y así, conservándonos vivos, salvaron a la Tierra.
Y en la primera expedición, después varios siglos. ¡El escogido soy yo!
Al clavar la bandera sentí una sensación muy difícil de explicar, fue como nacer otra vez. Los aparatos conectados a mi cerebro marcaron con claridad que nuestro nivel de inteligencia estaba en el rango normal, que sí podíamos.
La recuperación exacta del planeta comenzaba a lograrse.
Habían elegido el Cayo Esquivel, dentro del archipiélago Jardines del Rey, en el centro norte de Cuba, por ser uno de los lugares que mejor respondiera al proceso; y a mí porque nací allí hace no sé cuántos años.
Omar Martínez González