Ella estaba cantando y otras muchas la acompañaban; se oía un coro sin igual, acompasado, rítmico, melodioso, pero cuando se escuchaba por mucho tiempo cansaba su monotonía, sobre todo de noche.
Todas las noches del tiempo lluvioso se oía su cantar: croá-croá y más croá-croá, fue por eso que se le ocurrió construir una fuente que dejara claro que las ranas son maravillosas y las hizo cantar al ritmo de la melodía del agua.
Tan bella quedó la fuente que fue imitada y ahora la segunda está en medio del bosque de los ahuehuetes y los chapulines; está en el Paseo de la Milla y Chivatito, en el Bosque de Chapultépec, en la Ciudad de México.
Ahí mismo donde se han enamorados miles de parejas y en cuyo rededor han jugado millares de niños y se han empapado cientos y más cientos de estudiantes que «se fueron de pinta» hasta por allá.
Las ocho ranas se miran de frente y le cantan al pato y a la tortuga de bronce que está en el centro. Las ocho ranas le cantan al amor, ese que sale de los novios que en su pretil se han sentado y que las más de las veces, han salido empapados porque el aire cambió la dirección de los corros de agua.
Fue construida en memoria del español Dionisio Guardiola y traída a México por el ministro mexicano Miguel Alesio Robles.
¡Gracias Don Miguel!
Hina Finck