Me dijeron que existía muy muy cerca, dentro de ella. Un paisaje de verde intenso, florido de estrellas. Para llegar a sus prados yo debía de quererla, de modo que me sumergí en sus ojos, valiente, sin darme cuenta. El azul de su mirada era oxígeno puro, de perlas. Respiré tan profundo que existí, al instante, cual primavera. Allí dentro estaba todo cuanto de vivir se espera, regocijo, gusto y dicha, como en misteriosa selva. Allí dentro, su sonrisa era de miel nevada y muy pura, miel nevada y tan fresca como la misma locura, cubriendo la cima de mi alma, rebosándome de espera, yo esquiando hacia lo alto queriendo alcanzar la cresta, y fue cuando me dio la mano y subimos los dos a lamerla. Después paseamos bosques, muy profundos, dentro de ella, y campiñas y territorios ajenos, hasta el fin de su belleza. Colgaba la fruta nueva en cada palabra suya y yo envolvía sin vetar mi corazón de dulzura. Me mostró sus cataratas, torrentes de agua bendita, cayendo desde lo alto la lucidez infinita. Me llevó hasta un océano, que dentro de ella existía, barcos cargados de gracia navegaban por sus islas. Y entonces me dio aquel beso, sin esperarlo, sin prisa, apresando mi corazón dentro, para siempre, de por vida.
José Ernesto Velasco Navarro