La arena es blanca, casi un lienzo virgen que recoge, como pinceladas de aire, las huellas de los turistas. El agua corre entre los contornos pulidos de las rocas y persigue a los niños que deciden trepar. Las olas comienzan a subir y ya se notan los primeros síntomas de pleamar que engullirá a la arena y dejará las catedrales sólo para el mar.
Estoy sentado, solo frente al gran arco que llamo “túnel”. Los últimos bañistas se van secando las gotas saladas con la brisa y poco a poco van abandonando la playa dejándola ser cada vez más mía y del mar.
Sé que corro algún riesgo permaneciendo allí, pero me siento fuerte al lado del silencio de las rocas heridas, me siento fuerte esperando tu presencia de sirena. Siempre acudes a la hora exacta en tu silla de ruedas. ¡Cuánto daría yo por poderte conducir, escuchándome las historias que me ha contado el mar sobre cómo levantó estas catedrales de espuma!
Acudes a tu hora. Ya apenas queda nadie y la marea comienza a mojarme los pies. Te miro y te imagino bailando conmigo un vals sin nombre, acariciando tus ojos tiernos y negros. Te imagino serena, rehén de mis palabras. Sigo mirando, sólo hago eso: mirarte y desearte. Otro día más. Otro día. Mañana volveré a la misma hora e intentaré de nuevo contemplar el túnel de tus ojos negros y aprender alguna nueva historia secreta de estas catedrales para contártela y seguir amándote.
José Antonio Lozano Rodríguez