Salió a hurtadillas del palacio y la noche de Granada lo envolvió por última vez, se encaminó hacia los baños de Aldeire con sentimientos encontrados, se mezclaba entre sus párpados la pasión y el miedo de la juventud perdida, la felicidad furtiva de la primera madurez y la nostalgia que se avecinaba para siempre.
Al llegar, el esclavo de confianza abrió la puerta y saludó con reverencia y admiración.
En la sala templada esperaba un hombre de pelo cano y mirada intensa.
Con los primeros besos la noche se hizo corta, la despedida eterna. Al despuntar el alba el hombre de pelo cano, mientras recuperaba sus hábitos de fraile, le entregó una cruz dorada.
-Sé que no es tu fé, pero te acompañará siempre-dijo-
Al día siguiente y camino de las Alpujarras , Boabdil, no sólo lloraba por Granada
Juan Antonio Andújar Buendía