Al fin, tras toda una vida trabajando en el extranjero, he podido regresar a mi pueblo. Más de mil y una noches soñé despierto, borracho de melancolía, y me vi recorriendo sus calles empedradas, yendo a recoger guindas al monte o tomando el café con tía Lidia. Sin embargo, ahora que he vuelto, siento como si no perteneciera a este lugar. Mi pasado ha huido de esta tierra, y con él todos a quienes quería. Unos pocos se fueron surcando sus caminos; el resto abonan hoy sus campos, campos que ya no son por los que correteaba en mi niñez. Huyen hasta mis recuerdos, que se diluyen poco a poco en mi mente cansada. ¿Cómo definir este sentimiento que ahoga mi corazón?
Saudade, hiraeth.
¡Qué tragedia, huérfano incluso de mi propia lengua!
Daniel Núñez Díaz