En la selva, desde la oscuridad de la espesura, no ves más que un mínimo fragmento de su compleja realidad. Tú no los ves, pero cientos de ojos vigilan. Hay otro mundo en la cúpula de las copas. Bajo la tierra que pisas, hay un intemporal equilibrio entre las víctimas de los embates del tiempo y la eternidad del ciclo de la vida.
Hay, además, un fragor incesante, una amalgama de rumores, golpes, cantos, chillidos,… en espesa confusión.
Me gusta pensar en la selva cuando cruzo la ciudad. Me gusta ese sonido estridente y exotico. Me gusta alejarme por la Carrera del Darro , por el Paseo de los Tristes, dejar que el ruido se convierta en eco. Permitir que te empape, por los orificios de todos los sentidos, el bullicioso termitero del Albaicín que bulle al lado. Por fin subir, con el esfuerzo de trepar a un árbol, la Cuesta del Chapiz. Y entrar en el Carmen de la Victoria.
Allí estoy a salvo de todos los peligros, camuflado entre el verdor del follaje. Ajeno a los relojes, el tiempo se pierde con un lejano sonido de catarata. No pertenezco ya a ese mundo, soy sólo unos ojos que lo contemplan desde la espesura, invisible como un estíritu.
Y entonces, la cúpula se resquebraja y, al otro lado, se incendian las torres de la Alhambra como un espejismo mágico. Me sobrecoge la conciencia de vulnerabilidad, el miedo: debo regresar a la realidad de mi casa.
José A.Gago Martín