Existe un sendero tostado por el sol que nace entre dos montañas gemelas. Siempre que se da un paso en su tierra sagrada, fértil y joven, nace dentro del cuerpo un deseo incontenible por recorrer detenidamente cada palmo de su extensión. Piedras graciosas, pequeños baches y sedimento aromático, acompañan el inicio de su inevitable recorrido. El viento transporta un suave olor a vainilla y el camino está rodeado de una grama tan corta que se pierde como un lindo sueño atrapado en la frontera del despertar.
Al avanzar un poco, el aroma mágico se hace más y más intenso, al punto que se siente como si cortar la marcha fuera un pecado imperdonable. Es entonces cuando se llega al punto de no retorno, en donde el sendero se precipita súbitamente y atrae a quien pase por allí hacia el manantial en donde termina, hacia el corazón que irriga vida a cada pequeña piedra y a cada tramo del camino cincelado por el cosmos.
Una espiral de pliegues trenzados de suelo se hunde en el agua, como un homenaje al origen de toda la existencia, atrapando con su belleza la mirada atenta del caminante. En la orilla, lo único que se puede hacer es arrodillarse, sentir la tierra húmeda entre los dedos y rendirse ante la calidez que abraza los deseos más profundos del alma. La cabeza se inclina y los labios se posan en la grama, agradecidos con la vida por permitirles ser parte del sendero por un pequeño instante.
Tomás Felipe Cornejo Taboada