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Bagá, un pequeño pueblo medieval del Pirineo, fue el hogar de mis veranos de niñez y adolescencia.

Siempre he dicho que un pedacito de mi corazón vive ahí y cuando voy, tengo la sensación de ser realmente yo, me siento completa de verdad.

Estar allí es, literalmente, como estar en otro mundo. Recorro esas calles y me veo a mí. Me veo comprando la Barbie rockera en la calle Raval. Avanzo unos pasos y me  veo en las fiestas de agosto, jugando con mis amigas y mis primos por las calles, mientras tocaba la orquesta y los mayores bailaban.

¿Sabes cuando vas a un lugar que te remueve el alma? Si cruzo el puente sobre el río y subo al parque, mi corazón palpita de un modo especial. Aún puedo sentir los besos secretos de Ezequiel en mis labios. Miro nuestro banco de madera y nos veo, con los ojos llenos de sueños y sintiendo en la piel aquel amor puro y primerizo.

Esa vida de pueblo. Esa vida que ya no existe sino como en un universo paralelo. Creo que toda la pureza de absolutamente todo se quedó allí.

Muchas noches vuelvo. Juego por las calles, canto, corro, devoro bocadillos de nocilla, me baño en el gélido río, me doy besos en el parque, soy inmensamente feliz. Luego… suena el despertador y unas lágrimas de melancolía asoman a mis ojos.

Cristina Montero

 

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