Es ese lugar. Al que acudo cuando necesito respirar y soltar lastre. Ese lugar que en verano se llena de gente semidesnuda y en invierno se deja ver acompañado de solitarios melancólicos como yo.
Mientras camino por la orilla del mar, a lo lejos, ya puedo ver el bosque de la Marquesa. El viento revuelve mi cabello, voy absorta en mis pensamientos, me cruzo con algunas personas pero soy consciente sólo cuando ya nos hemos cruzado.
Y llego a ese bosque. Su belleza y su encanto te atrapan desde que dejas atrás la arena de la playa y te adentras en él. Se dice que perteneció a una marquesa que en los años 60 no quiso vender el terreno, menos mal, la verdad es que a los tarraconenses nos hizo un gran favor. Podemos pasear por él y nos va conectando con el resto de las playas.
Esta mañana, he llegado con los dedos algo entumecidos por el frío, pero una vez allí, lo he olvidado por completo. Esos árboles, esa vegetación, esos caminos, el sonido de las olas rompiendo contra las rocas… La magia se apodera de mí desde el primer instante.
Me he sentado en mi piedra favorita, abrazada por toda esa naturaleza y contemplando el gran azul.
– ¿Quién eres? – me ha preguntado una vocecita muy dulce.
Me he girado hacia ella y he tenido que pestañear varias veces. Ahí estaba, era un hada.
Cristina Montero