Cada vez que llegábamos al puente que cruza las aguas del pantano mirábamos a lo lejos intentando localizar el lugar exacto que mi madre nos indicaba tantas veces con impaciencia. Ella lo tenía muy claro en sus recuerdos y nosotros queríamos ubicar nuestros orígenes pero nuestra vista se distraía, insistentemente, en el paisaje espectacular que se presentaba de frente: los Picos de Europa en toda su majestuosidad custodiando todo el panorama que protegía tanta vida y tanta historia bajo las aguas.
El pantano de Riaño, con su belleza y su crueldad, se había llevado su pueblo pero no borró ninguna de las historias que, reviviendo su infancia y su juventud, nos contaba mi madre en las reuniones de sobremesa que disfrutamos con frecuencia. Ella no sabía entonces que sus relatos nos transmitirían un gusto y un cariño enorme por aquel lugar que llegaría a ser la referencia y el punto de encuentro de toda la familia.
Nos gustaría que hubiera podido disfrutar del barco que, desde hace poco tiempo, se pasea por esas aguas llenas de secretos e historia y nos acerca más a su lugar, ese cuya ubicación exacta no llegamos a aprender porque, en realidad, no era necesario. Está bien localizado en un rinconcito especial que comparten nuestra memoria y nuestro corazón y siempre llegamos a él con un enorme y dulce suspiro.
María Antonia Manzano