Con los libros bajo el brazo iba despacio y al llegar a la fachada de la Universidad de Alcalá, me quedé embobada. Ya la había visto antes, pero aquella tarde, el sol inundaba de luz blanca todos los cordones que rodean la portada principal. Me senté en el verde, como otra estudiante y seguí el vuelo de las cigüeñas que anidan en el ciprés más alto de la plaza.
Allí, con la calma, vi aparecer una figura esbelta con su maleta acuestas que toca la aldaba de la puerta. Iba a pasar la noche pero un bedel le dijo que ya no había sitio para dormir. Su cara decepcionada se dio la vuelta y en ese instante nuestras miradas se quedaron clavadas entre el rayo de sol que las cruzaba. Disimulamos los dos y te sentaste a ni lado. Luego hablamos de algún otro rincón de Alcalá donde podías pernoctar y me diste las gracias al marchar.
Al día siguiente volví a sentarme en el mismo lugar, frente a la fachada plateresca apoyando mi espalda en la imagen de Cisneros que contempla orgulloso a sus pupilos pasar. Apareciste y hablamos como si ya nos conociéramos. Reímos y charlamos. Luego tomamos un café en el de Libreros.
Así, sin quedar, nos vamos queriendo y día tras día sentados en el verde, con los libros abiertos tirados por ahí, nuestros dedos buscan algún recoveco que inicia una caricia y mientras vuelan, contemplamos la fachada más bonita de Alcalá.
Marisa García González