Amanecía y el sol no brillaba y los pájaros no cantaban. Solo necesitaba la lluvia y el cielo gris para ser feliz. Las hojas de los árboles pintaban una preciosa paleta de tonos amarillos, naranjas y rojizos, meciéndose al son de un viento amable que comenzaba a refrescar La tierra húmeda y el asfalto mojado acompañados por el runrún de la vida fluir en la ciudad, un eco constante que desde hacía mucho tiempo había dejado de ser molesto, para formar parte de los ingredientes que componen lo cotidiano. Vivo en esos momentos en que lo único que importa es lo que veo y oigo, instantes de desconexión e inspiración amenizados siempre con la misma canción.
Gonzalo Rey Sanz