No dejaba de notar, mientras trotaba siempre a la misma hora temprana de la mañana por la hermosa rambla montevideana, que en cierta parte del trayecto un auto andaba a mí misma velocidad.
Un día de esos la ventanilla se abrió y dejó ver la cara de un dirigente de fútbol. Nos pusimos a hablar y me insta a que vaya con él a la práctica que se llevaría a cabo en instalaciones del club. Me extrañó que un día de semana estuvieran las tribunas repletas de ese hermoso lugar en las afueras de la capital.
Ni bien comenzó el partido y como no me pasaban la pelota la fui a buscar al medio y una vez que la encontré no la dejé más. Esquivaba a uno y otro de los contrincantes hasta que me acerqué al arco contrario. La saqué por encima de un adversario y la enganché con mi patada de burro directo a la red. Inmediatamente la tribuna levantó un grito que hizo temblar la tierra de manera interminable.
Cuando empecé a abrir los ojos mi señora me sacudía con todas sus fuerzas pues apenas podía sostenerse. ¡Edelmiro, me pegaste terrible patada en la rodilla!, me gritó desconsolada. Lo había hecho completamente dormido y ahora no sabía cómo arreglar aquella situación. Opté por recluirme en la cocina y lavar platos esperando que me perdonara porque me compenetraba de más con lo que soñaba.
Ricardo Felipe Salvarrey Aran