El cobre incandescente del ocaso sonroja el umbral de la planicie. En el rigor de las viejas suturas de Castilla, un labrador escarba con su arado la matriz de arena que dará a luz la mies en el verano.
Mientras el agricultor preña la tierra, quebrantando la insolente soledad del páramo, por la carretera general un coche deportivo casi vuela buscando con apremio el final de la llanura.
Desde su tractor, el campesino mira de reojo al deportivo. Presagia en la silueta formidable del cochazo el éxito y la dicha de aquel que lo conduce. Suspira.
No sabe que el conductor al que envidia está mirando a su tractor y sus campos. Y sueña con tener esa vida sosegada y silenciosa, en vez de dirigirse a ciento cuarenta kilómetros por hora al infierno de los atascos y las prisas.
Javier Revilla Cuesta