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La caminata en el free tour por toda la ciudad me había dejado agotada, así que cuando la guía al fin se despidió de nosotros en pleno corazón del cementerio Greyfriars, decidí descansar un poco.

Me senté sobre un banco de piedra frente a una ennegrecida lápida. Las vistas desde allí eran de ensueño. El lugar se asemejaba más a un parque que a un camposanto. A lo lejos se alzaba el castillo de Edimburgo presidiendo la ciudad. Desde mi asiento también podía ver un tosco muro de piedra tras el cual se adivinaba un antiguo colegio. Algunas tumbas eran escalofriantes, con calaveras esculpidas que te observaban desde sus cuencas vacías, aún así el lugar me resultó agradable, sentí paz.

Un hombre se sentó a mi lado. Le observé de reojo con curiosidad. Vestía  abrigo negro y sostenía en sus manos un sombrero de copa. Comenzó a hablar, le miré abiertamente, pero él mantuvo la mirada fija en la lápida de enfrente.

—Estoy agotado. No me dejan descansar. Gritan, ríen y por las noches me ciegan con artefactos luminosos—dejó escapar un quejido—¿merezco este castigo, es esta mi penitencia?

De pronto se levantó, se dirigió a la lápida que había estado mirando y ante mis ojos, se esfumó.

Cuando logré sobreponerme al susto, corrí hasta la tumba y leí con avidez: “En memoria de Thomas Riddell”.

Entonces lo entendí todo. Me habría gustado explicarle a aquel edimburgués que toda la culpa la tenía J.K. Rowling.

 

Mª Inmaculada Ortiz García

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