En toda casa, chica o grande, en la más opulenta mansión o en un deplorable cuartucho; encima del candelabro, en un huequito de la lámina o, con más frecuencia, detrás del espejo o en la esquina del closet, hay un rincón, un espacio olvidado que, sin importar quién o quiénes sean los residentes, observa. En él viven el pasado y el porvenir, dos estados comúnmente opuestos sufren ahí una simbiosis y se tornan uno mismo, un victimario para quien lo ignora, para el abuelo viudo y sus achaques, para el papá y la mamá, para la tía solterona con todo y su ferviente pasión religiosa, incluso para el niño Dieguito, para ese rostro inocente que ríe mientras aquello lo escucha sosegado, a la vez que escribe la vida ulterior del niño y de todo aquél que no lo mire.
Daniel Domínguez Toledo