Cuenta la leyenda que el rumor del agua de la Alhambra suena diferente a la de cualquier otro lugar porque la producen los caballos de las miles de almas de soldados nazaríes que quedaron atrapadas en su corriente, jurando un día reconquistar Granada. Quien la escuchó lo sabe. Yo lo sentí de niña.
Ahora me tiendo sobre el suelo congelado de mi apartamento. Cierro los ojos, inspiro y regreso a oír el agua de los guerreros. Quiero un pasamanos de agua. Me hago pequeñita, diminuta, minúscula. Cabalgo y me deslizo entre las gotas invisibles. No quiero caballos vengadores, elijo un caballito de mar para que no tenga cascos y me pueda alcanzar el rumor de los acordes de Falla, los versos sublimes que le recita su amigo Federico y, más lejanas, las promesas de amor envenenadas de los abencerrajes . El agua está helada, agito las manos y salpico los escalones de piedra y las hojas de victorioso laurel.
¿Y al final de la escalera? Supongo que los guerreros tendrán que hacerse grandes para tomar el palacio. Sí, no hay otro desenlace. El final siempre es hacerse grande. Mi caballito imaginario vuelve al mar. Me levanto del suelo, como únicos recuerdos me traigo el frío en las manos y las musas… y comienzo a escribir.
Raquel Castilla Jurado