Al escritor, de regreso al lugar más hermoso del mundo: el pueblo donde nació, se le ocurrió el germen de un cuento sentado en un banco de la estación de ferrocarril, mientras aguardaba la llegada del tren de cercanías. Lo anotó en un trozo de papel, introdujo éste en el libro que llevaba consigo y siguió leyendo. Al pasar una página, el papel en el que había escrito el borrador del cuento, se cayó al suelo, con tan mala fortuna que aterrizó sobre un charco de agua.
Habían pasado sólo unos segundos desde que escribió el texto, y, sin embargo, se sentía incapaz de reproducir lo que acababa de escribir. ¿Cómo es posible que la inspiración fuese tan escurridiza?
“Porque la inspiración atrapa, pero no se deja atrapar”, le respondió una voz inspirada.
Salvador Robles Miras.