La lluvia cae helada con la noche entre los callejones oscuros del Albaicín . Solo el chapoteo de mis pasos resuena en la penumbra entre el susurro insistente de las canales y los reflejos vibrantes de los charcos. Al volver la esquina de San Miguel Alto una joven vestida de negro, con la cara empapada por la lluvia, se detiene ante mí portando un enorme cuchillo ensangrentado. Arriba, en medio de la calle, el bulto oscuro de la muerte tiñendo de rojo los charcos. La joven me mira con los ojos abiertos, unos enormes ojos azules, el color de todo aquel oscuro infierno. No hay palabras, nada se mueve, no sé si sigue la lluvia helada, no la oigo, no la siento. Retrocedo unos pasos para tomar la calle y decido seguir mis pasos, mis pies que casi no tocan el suelo, ingrávido, sin mirar atrás. A pocos metros la luz de una taberna oscura en la que entro. Su ambiente cálido, huele a vino y a anís. Pido un vino mientras todos miran al extraño. El camarero me habla. Hace una noche de perros. Yo asiento, le miro atento. Se acerca y me dice con voz lenta y apagada: váyase a casa señor, no deje que la noche le quite sus sueños. Salgo del bar y en la puerta la joven de negro, reconozco sus ojos, sus afilados labios. Me sonríe y me saluda. Adiós señor, tenga cuidado con la noche, con la lluvia helada de Granada.
Antonio Castro Dorado