Es Anthony para sus padres, es Antón para su madre cuando está triste o depresivo porque se le ha vuelto a romper una cuerda por culpa del gato (su amigo el callejero, o su mascota solitaria, o su ex novia chalada que no supera la ruptura, o el Anthony oscuro que se esconde debajo de la tabla de madera de su habitación, como el corazón muerto y maldito en el relato “El corazón delatador” de Edgar Allan Poe), es Thony para su padre cuando su profesora llama a casa porque Anthony se niega a dar clase, haciendo lo imposible por ser expulsado (chicles…), es Tony cuando ve “El precio del poder” leyendo labios (ojalá poder besar los de esa rubia con apellido raro… dos efes…), es Ant cuando se siente inferior a los demás por su baja audición, pero, sobre todo, es él cuando toca la batería. Cada «pum» atraviesa sus músculos y es capaz de escuchar un poco la vida. Porque el precio del poder tocar la batería a la perfección es no poder oír la música; ¿pero qué importa eso cuando, al menos, puedes sentir la paz en tus células? En esos momentos, es Nadie para el Todo que es.
Gema Requena Barrera