Llegó el momento. La última meta de mi vida será cumplida. Me dirijo a mi lugar. Lo repito en mi mente enfatizando el ‘mi’. Es un ‘mi’ que no se refiere a la posesión física que hace a alguien dueño de algo. Este ‘mi’ es infinito e indocumentado, no hay firmas ni registros que lo avalen. Un ‘mi’ en el que los derechos son per se e ilimitados. Es un ‘mi’ nacido del pasado y actualizado por el alma. Y mi alma no sabe de leyes, solo sabe de vivencias. Ella es dueña de la casa, del patio con la fuente, de los árboles y hasta del arroyo. Reina en ese escenario que es origen y perpetuidad de mi vida cobijada por el espacio intemporal de un mundo pequeño y feliz.
Estamos ya en el lugar. Siento a todos. Están conmigo los que quiero y me quieren. Y aquí me esperan los demás, con quienes voy a quedarme para siempre. Juntos en mi eternidad, los de ayer y los de hoy en una confluencia perfecta.
Por fin, llegó el momento. Voy sintiendo el aire de mi Camacho querido en cada partícula de mis cenizas que mis hijos esparcen llorando. Saben que aquí les hablaré con la voz del arroyo y el trino de los pájaros. Y los abrazaré con los rayos del sol y las gotas de la lluvia. Aquí vive el amor, ese amor sublime, sin cuerpo, que trasciende el mundo terrenal. Mi Universo. Mi eternidad. Mi lugar.
Ettel Carmen Fontana Saita