New York nace y muere todos los días. La devora una noche llena de balas perdidas, de jeringuillas relucientes de silencio y soledad, de autos soñolientos en mitad de la Gran Manzana. Pero al amanecer, la vida comienza a resurgir de la nada desperezándose entre el batir de las puertas de las oficinas y el rugir impersonal de su jungla de asfalto.
Mas para mí ese ciclo vital no existe en el mar de ojos que desdicen mi alma a diario por estas calles marcadas con un hierro candente sobre el veneno que transportan mis venas azuladas. Ya lo dijo Lou Reed en “Walk on the wild side”, la Biblia que escribo a diario con mi sangre.
New York nace y muere todos los días, pero sólo a cambio de vidas como la mía, vida que hoy le ofrezco en un ritual inexorable, vidas salvajes, sin rumbo, eternas y efímeras al mismo tiempo, como este puente de Brooklyn que se deshilacha poco a poco a mis espaldas, como esta triste ciudad que se dispone a aceptar una vez más el sacrificio que regenere sus entrañas oxidadas y vuelva a hacer poesía de sus uñas mugrientas.
Juan Pablo Sánchez Miranda