Aún amodorrado por el reciente sueño, el hombre se dirigió al exterior de la cueva. Con el aire frío de la mañana llegaron ecos de lluvia, de bisontes aletargados en algún lugar de la sierra y del riachuelo enmarañado en las tempranas brumas del día. La tierra, su madre, parecía llamarlo a voces, incitándole a fundirse con ella y ser para siempre parte de su inmortal esencia. Y así lo haría…
Pasaron los años, los siglos, los milenios. El tiempo lo impregnó todo con los colores de su polvorienta paleta. La sierra cambió, la cueva quedó vacía y fría y los bisontes se fueron definitivamente. El hombre desapareció para dar paso a otras vidas. Todo cambió, pero la tierra, su madre, cumplió su promesa, y una fría mañana de noviembre, volvió a despertarlo con otros ecos, los de cientos de caminantes dispuestos a dejar su pequeña marca en el tiempo permitiendo que esa tierra los meciera igual que en otro tiempo lo había mecido a él.
El hombre se estremeció. Después de todo, el mundo no había cambiado tanto. Y se sintió feliz de ser parte de esa cálida tierra que ahora cubría con tanto mimo sus huesos milenarios.
Juan Pablo Sánchez Miranda