Soy Darro , río de Granada. El de los granos de oro fino entre las arenas. A lo largo del devenir de los tiempos he sido nombrado como Dauro, Daureo, Tauro, Calom, Salom, Hadarro.
Comienza a fluir mi biografía, de forma continua, en una pequeña chorrera del collado de Darraihán y discurre por un curso efímero, pero intenso en emociones.
Estoy orgulloso de haber podido amamantar las acequias que han dado vida a la Alhambra y el Generalife y haber pintado de carmín las rosas rojas que la pueblan. Y que el sultán haya podido purificar sus manos antes de la oración y disfrutar de los productos frescos de la almunia. Sólo yo conozco si las leyendas acaecidas en la Torre de las Infantas son ciertas, dado que he podido asomarme manando en la conocida fuente.
Pude remontar, a través de la coracha, para irrigar la Alcazaba Cadima y sus arrabales.
Mas me invadió la tristeza cuando cegaron mi cauce desde Plaza Nueva hasta mi encuentro con el Genil, cual si el tirano pretendiera preservar mi pureza antes del maridaje. Ya no puedo contemplar esta bella ciudad ni presenciar el paseo de sus gentes. Ni prestar mi espejo áureo a la luna llena cuando paso por mi Acera.
Cuánto me placía escuchar el canto de la chiquillería, entonando aquella canción popular, que acompasaba el ritmo con el sonido propio de mi flujo:
Darro tiene prometido
casarse con el Genil
y le ha de llevar en dote
Plaza Nueva y Zacatín.
Enrique J. Jiménez Cotelo