Te escribo desde muy lejos, aun sin conocerte. Es algo prematuro pensarás, pero hace tantos días que te pienso que necesito desahogarme. Te imagino lejana y antigua, con miles de historias guardadas entre tus muros. Una ciudad de siglos que ha visto prosperidad y también guerra.
Guiaste por tus calles a miles de enamorados. Creciste multiplicando tus templos por las montañas, despertando cada día con las oraciones de los monjes. Sé que luchas por no ser olvidada. Para que no cambien tus casitas con techos de tejas por monstruosos edificios grises. Te gusta tu silencio vivo, tu neblina de verano. Te entiendo, a mi también me gustan mis ratos de soledad.
Tu gente es trabajadora y aferrada a las tradiciones. Tan obstinada como vos en no dejarla desaparecer. Los cultivos de arroz son el mar perfecto para dejarse soñar. El mercado multicolor, lleno de ruido, gente, olores y sabores me recuerda la belleza de lo cotidiano. Sos única y lo sabes. Aun así no querés llamar demasiado la atención, no vaya a ser que te ocupen los turistas.
Ya sé que no entendés mi empecinamiento en ir a conocerte. ¿Para qué quiero cruzar el mundo? Me preguntás. No estoy del todo segura la verdad, me atrae tu misticismo, el que seas tan ajena a mi. Quisiera poder mirar a alguien del otro lado del mundo a los ojos y ver que no somos tan diferentes, «yo también amo, yo también sufro».
Camila Villarroel