Hay rincones olvidados, que están pero no se ven, que sólo existieron mientras las personas les daban vida.
Me crie en un pequeño barrio en el que paraba el tren, cerca de Sariñena, capital de los Monegros. En aquella época todas las casas estaban habitadas, todos éramos una gran familia. Había gente, gente por la calle, gente hablando en las puertas, puertas abiertas, niños entrando y saliendo de las casas, corriendo, jugando por todos los rincones, gritos, risas… Y la plazoleta viva, inmensa porque desde allí se divisaba muy lejos. Veíamos el majestuoso Moncayo, nuestra Sierra de Alcubierre o el perfil azulado de los Pirineos.
Vivíamos al ritmo de los trenes con sus máquinas de vapor. Cuando llegó el TAF con su motor de gasoil todos nos alegramos, pero a medida que el motor de los trenes se modernizaba íbamos desapareciendo. Mi familia fue una de las primeras en marchar.
Y el paisaje fue cambiando.
Hoy aún queda gente en el barrio pero nuestra plazoleta está desierta y escondida. La iglesia, cerrada desde hace años, situada al final de la calle principal, la tapa por completo.
Me acerco, mis pisadas rompen el silencio. Un velo se ciñe a mi garganta. Echo de menos la gente, las risas, la lentitud del tiempo al compás de una máquina de vapor. La plazoleta se merece un réquiem, pero ¿quién se lo cantará? porque parece que hasta Dios se haya ido de la Iglesia.
Asun Porta Murlanch