La Habana es una ciudad increíble… El mar la acaricia como un novio a su preciosa joya. El Malecón es la sonrisa de la ciudad, por donde fluye su aliento ardiente. La Habana es como un cíclope que despierta de noche, cuando el faro del Morro, su único ojo, la anuncia a quienes llegan por mar, desde donde la ciudad es una top-model que traen los visitantes en plegables promocionales. Es la gratificante visión del casco histórico, con la feria de la Catedral al estilo de los trashumantes mercados de pulgas en las urbes europeas. Y de las tabernas donde los turistas pueden corear la Guantanamera y bailar el Son de la Loma. El casco histórico es piel maquillada de la ciudad, donde circula la savia de su vida interior, fosas nasales que concentran el olor de sus rincones, intestinos con sus eyecciones sociales, genitales que provocan e incitan al amor… Porque, como hembra, La Habana gusta del placer en cada noche, y se entrega a quien descubra los secretos que la hacen seguir apasionante. Cuando se la penetra, la ciudad deja de ser la top-model de las postales turísticas y, como cortesana sin freno, se muestra desnuda, recostada en su lecho del Caribe. Así son millones los que la han amado, aunque ya no estén cerca para sentir su sensual aliento. Y por eso su novio, el mar, celoso por los amoríos ilimitados de la ciudad, convierte en golpes de olas las caricias de sus aguas sobre el Malecón…
Pedro Juan Fulleda Bandera