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La superficie del lago de Maracaibo luce como una lámina bruñida bajo la inclemencia del sofocante sol. El lago protege receloso la riqueza milenaria que yace bajo sus aguas. La infraestructura plúmbea erigida por la industria petrolera reverbera ante el sol del mediodía. Axímaco, como todos los niños de la Costa Oriental del Lago, ha crecido entre balancines, oleoductos y cabrias de perforación.  

“Axímaco, por amor a Dios, no juguéis cerca de ese balancín”                         

Ha sonreído con nostalgia.

“Mamá, hace mucho calor… ¿Será por tantos mechurrios?”.

“Será, mijo…”

Los ojos se le han humedecido.

“Un día seré gerente de la industria…”

“Pero no te olvidéis de dónde venís”.

Las frases repetidas se volvieron ciertas. Hizo carrera en los mares del Norte y del Medio Oriente. La brisa helada del invierno en la costa del Pacífico no ha podido arrebatarle el pedazo de rumor del lago que llevó consigo ni ha podido enfriarle el poquito de sol inclemente.

“Mijo querido, volviste a Cabimas”.

Se dio cuenta de que aquella mujer avejentada por la congoja de la lejanía no pudo apretarlo como hubiera querido porque no le daban las fuerzas. Las caricias guardadas por tanto tiempo bastaron para hacerle entender que, aunque las ausencias parecen indelebles, los reencuentros tienen la virtud de agazaparlas.

Axímaco caminó hasta el patio de su casa, que colindaba con la orilla del lago, para hacer que el pedacito del Zulia que había llevado consigo, terminara por fundirse en una placa argentada bajo la magnificencia del sol marabino.    

Reneé González Martínez.

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